martes, 11 de diciembre de 2012

La Ventana Tapiada:
En 1830, a sólo unas pocas millas de lo que es ahora la gran ciudad de Cincinatti, había una foresta inmensa y casi inviolada. Toda la región estaba escasamente poblada por gente de la frontera, almas incansables, que tan pronto levantaron con intrepidez hogares habitables fuera de la espesura, y alcanzaron un grado de prosperidad que hoy llamaríamos indigencia, impelidas por algún misterioso impulso de su naturaleza, lo abandonaron todo y se encaminaron al lejano oeste para encontrar nuevos peligros y privaciones, en un esfuerzo por recobrar la magra comodidad a la que habían renunciado de forma voluntaria. Muchos de ellos ya habían dejado esa región por asentamientos remotos, pero entre los que quedaban había uno que fue de los primeros que arribaron. Éste vivía solo en una casa de troncos, rodeada en todos los costados por la gran foresta, de cuya lobreguez y silencio parecía ser parte, pues nadie lo vio jamás sonreír o decir una palabra no necesaria. Sus simples necesidades las satisfacía con la venta o el trueque de pieles de animales salvajes en el pueblo del río, pero no con cosas que hubiera cosechado en una tierra que, de ser necesario, podría haber reclamado por derecho de posesión inalterada. Hubo evidencias de “mejoría”, unos pocos acres de la tierra inmediata a la casa fueron limpiados una vez de sus árboles, cuyos tocones podridos fueron ocultados a medias por una nueva vegetación, que debió sufrir para reparar el estrago causado por el hacha. Al parecer, el fervor del hombre por la agricultura ardió con una llama lánguida, expirando en cenizas penitentes.
La pequeña casa de troncos con su chimenea de estacas, su tejado de tablitas combadas, apoyadas con pértigas atravesadas y sus sellados de barro, tenía una sola puerta y, opuesta de modo directo, una ventana. La última, no obstante, estaba tapiada, nadie podía recordar un tiempo cuando no lo estuviera. Y nadie sabía por qué estaba tan cerrada; ciertamente, no por el desagrado del ocupante hacia la luz y el aire, pues en esas raras ocasiones, en que un cazador había pasado por aquel sitio solitario, el recluso había sido visto, comúnmente, tomando sol él mismo en el umbral, si el cielo le proveía resolana para su necesidad. Yo me figuro que hay pocas personas vivientes hoy, que hayan conocido alguna vez el secreto de esa ventana, y yo soy una de ellas, como verán.
El nombre del hombre se ha dicho que era Murlock. Tenía en apariencia setenta años, pero en realidad unos cincuenta. Algo, años atrás, le había dado una mano en su envejecer. Su cabello y toda su larga barba eran blancos, sus ojos grises, sin brillo, hundidos, su rostro singular estaba suturado por unas arrugas, que parecían pertenecer a dos sistemas interceptados. De figura era alto y enjuto, con una joroba en los hombros, como si cargara algo. Yo nunca lo vi, esas señas las supe por mi abuelo, de quien obtuve también la historia del hombre, cuando yo era un chico. Él lo había conocido cuando vivía cerca de allí, en esos días lejanos.
Un día Murlock fue hallado en su cabaña, muerto. No hubo tiempo ni lugar para coronas ni periódicos, y yo supongo fue acordado que había muerto de causas naturales, o me lo habrían dicho y lo habría recordado. Yo sólo sé que, con lo que fue, probablemente, un sentido de lo propio de las cosas, el cuerpo fue enterrado cerca de la cabaña, al lado de la tumba de su esposa, quien lo había precedido hacía tantos años, que la tradición local retenía con dificultad algún indicio de su existencia. Esto cierra el capítulo final de su historia verdadera, excepto, en verdad, la circunstancia de que muchos años después, en compañía de un espíritu igualmente intrépido, yo penetré hasta el lugar y me aventuré lo suficiente cerca de la cabaña ruinosa, como para lanzar una piedra a ésta, y correr de allí para huir del fantasma, que todo chico bien informado de la localidad, sabía que rondaba el sitio. Pero hay un capítulo anterior, ese me lo ofreció mi abuelo.
Cuando Murlock construyó su cabaña, y empezó a cortar con su hacha tenazmente, para levantar la granja -el rifle, entre tanto, era su medio de sostén-, era joven, fuerte y estaba lleno de esperanza. En ese país occidental de donde venía, se había casado, como era la moda, con una mujer joven, digna en todas las formas de su honesta devoción, y que compartió los peligros y privaciones de su suerte, con un espíritu de voluntad y un corazón ardiente. No hay registro conocido de su nombre; de los encantos de su mente y persona la tradición guarda silencio, y el dudoso está en libertad de acariciar su duda, ¡pero Dios no quiera que yo la comparta! De su afecto y dicha, hay certeza suficiente en cada día adicional de la vida del hombre viudo, ¿pues qué, si no el magnetismo de su memoria sagrada, pudo haber encadenado ese espíritu venturoso a una suerte como esa?
Un día Murlock regresó de una cacería en una parte distante de la foresta, y encontró a su mujer postrada con fiebre y delirio. No había un médico en millas, ni un vecino, ella tampoco estaba en condición de ser dejada para buscar ayuda. Así que se dio a la tarea de cuidarla para devolverle la salud, pero al final del tercer día ella cayó inconsciente y falleció, al parecer, sin tener nunca un atisbo de razón.
Por lo que sabemos de una naturaleza como la suya, nos podemos aventurar a esbozar algunos detalles de la pintura de bosquejo, dibujada por mi abuelo. Cuando se convenció de que ella estaba muerta, Murlock tuvo suficiente sentido para recordar, que el muerto debía ser preparado para el entierro. En la ejecución de ese deber sagrado, se confundió una y otra vez, hizo ciertas cosas de forma incorrecta, y otras que hizo de forma correcta fueron hechas una y otra vez. Sus fallas ocasionales para culminar un acto tan simple y ordinario, lo llenaron de estupor, como el de un borracho que se pregunta ante la suspensión de las leyes familiares naturales. Se sintió sorprendido también de que no había llorado -sorprendido y un poco avergonzado-, seguro de que era descortés no llorar por el muerto. -Mañana- dijo en voz alta, -tendré que hacer el ataúd y cavar la tumba, y entonces la echaré de menos, cuando no esté más a la vista; pero ahora ella está muerta, por supuesto, pero todo está bien, debe estar bien de algún modo. Las cosas no pueden ser tan malas como parecen.

Se puso sobre el cuerpo en la luz menguante, ajustando el cabello y dando los toques finales al simple toilet, haciéndolo todo de una forma mecánica, con un cuidado desalmado. Y aún le pasaba por la conciencia, la sensación de la convicción de que todo estaba bien, de que él debía tenerla otra vez, como antes, y todo se explicaba. No había tenido experiencia del dolor, su capacidad no había aumentado con su uso. Su corazón no podía contenerlo todo, ni su imaginación concebirlo de forma correcta. No sabía que había sido golpeado tan fuertemente, ese conocimiento vendría más tarde, y nunca se iría. El dolor es un artista de poderes tan variados, como los instrumentos con los que interpreta sus endechas para los muertos, evocando en algunos las notas más agudas y estridentes, y en otros los acordes más graves y bajos, que palpitan de modo recurrente, como el lento batir de un tambor distante. Algunas naturalezas se sobresaltan, otras se quedan estupefactas. Para unas viene como el golpe de una flecha, hiriendo toda la sensibilidad de la vida más perspicaz; para otras es como el leñazo de un garrote, que aplasta a los entumecidos. Podemos concebir que Murlock fue afectado de esa manera, pues (y aquí estamos en un terreno no más seguro que el de la conjetura) tan pronto terminó su labor piadosa, sentándose en una silla a un lado de la mesa, en la que yacía el cuerpo, y advirtiendo cuán blanco se mostraba su perfil en la lobreguez profunda, apoyó sus brazos en el borde de la mesa y hundió su rostro en éstos, aún sin lágrimas y fatigado de modo indecible. En ese momento entró por la ventana abierta el extenso sonido de un gemido, ¡como el llanto de un niño perdido en las lejanías profundas del bosque más oscuro! Pero el hombre no se movió. De nuevo, y más cerca que antes, resonó ese llanto no terreno sobre su sentido lánguido. Acaso era una bestia salvaje, acaso era un sueño. Pues Murlock estaba dormido.
Algunas horas más tarde, como pareció después, el vigilante infidente se despertó y levantó su cabeza de los brazos, intentando escuchar no sabía por qué. Allí, en la negra oscuridad, al lado de la muerta, tras recordarlo todo sin sobresalto, esforzó sus ojos para ver no sabía qué. Todos sus sentidos estaban en alerta, su respiración estaba suspendida, su sangre había paralizado su circulación, como para ayudar al silencio. ¿Quién, qué lo había despertado, y dónde estaba eso?
Súbitamente, la mesa se sacudió bajo sus brazos, y al mismo tiempo oyó, o se figuró que oyó un paso leve, tenue, otro, ¡como el sonido de un pie descalzo sobre el suelo!

Estaba aterrado, más allá de poder gritar o moverse. A la fuerza esperó, esperó allí en la oscuridad por lo que parecieron siglos del mayor horror, que uno pudiera conocer y vivir para contarlo. Intentó en vano decir el nombre de su mujer muerta, extendió en vano su mano alrededor de la mesa, para saber si ella estaba allí. Su garganta estaba impotente, sus brazos y manos eran como de plomo. Entonces sucedió algo más espantoso. Un cuerpo pesado pareció ser arrojado contra la mesa con tal ímpetu, que la empujó contra su pecho tan vivamente como para casi tumbarlo; y al mismo instante oyó y sintió la caída de algo al suelo, con un porrazo tan violento que toda la casa se sacudió con el impacto. Se produjo un forcejeo, una confusión de sonidos imposible de describir. Murlock se había puesto de pie. El miedo excesivo le había arrebatado el control de sus facultades. Pasó sus manos por la mesa. ¡No había nada allí!
Hay un punto en que el terror se puede convertir en locura, y la locura incita a la acción. Sin ninguna intención definida, sin ningún motivo, pero con el díscolo impulso de un loco, Murlock saltó hacia la pared, agarró un poco a tientas su rifle cargado y, sin apuntar, lo descargó. Bajo el fogonazo que iluminó la habitación con una luz vívida, vio una enorme pantera que arrastraba a su mujer muerta hacia la ventana, ¡con sus colmillos clavados en su garganta! Despuésstaba alto, y el bosque se atestaba del canto de los pájaros.
fue una oscuridad más negra que la anterior, y el silencio; y cuando recobró la conciencia el sol estaba alto, y el bosque se atestaba del canto de los pájaros. 

El cuerpo yacía cerca de la ventana, donde la bestia lo había dejado, cuando fue espantada por el fogonazo y el estruendo del rifle. La ropa estaba desarreglada, el largo cabello en desorden, los miembros yacían de cualquier modo. De la garganta, lacerada de forma horrible, había brotado un charco de sangre que aún no se había coagulado por completo. La cinta con la que había amarrado las muñecas estaba rota, las manos estaban apretadas fuertemente. Entre los dientes había un fragmento de la oreja del animal. 
AMBROSE BIERCE

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Cuento ... : Prefacio:(1)
         La lluvia es un regalo. Un regalo de Dios. No siempre es buena, pero deberíamos agradecerle.
         Alguna genta la odia, por la inundaciones. Otra la “ama” por la sequía. Pero créeme, es lo más mágico que te puede pasar en la vida.
         Seguro debes pensar que estoy loca, pero no, no lo estoy. Digo lo que siento. ¿Acaso no puedo expresarme? Si, si puedo.
         Capaz que éste fenómeno te lleva a la muerte, pero una muerte feliz.

No soportaba aquel tema. De hecho, lo odiaba, me estresaba. Hacía enfurecerme con mi pobre tía. No sólo a mí, sino a ella también y a mi hermana que nos escuchaba atónita.
“¿Por qué quería eso para mí? Si yo era independiente para decidir lo que quería” pensé. O tal vez para mí. Para ella, seguro que no.
De “protesta” (que sólo sirvió para descargarme) cerré de un portazo la puerta de mi habitación.
Como nuestro nivel económico era mediano, Jordana (mi tía) se enfureció conmigo:
-¡La puerta! Después la vas a pagar vos…
         Yo, como respuesta, le puse play a la música a todo volumen.
-La gente normal no se va corriendo cuando está conversando.
         Ni las mínimas palabras escuché.
         Jordana era muy bondadosa conmigo y mi hermana. De verdad. Pero ese tema me enfurecía. No quería oír más sobre eso.
         Y puedo admitir, que de mis ojos claros, brotaban pequeñas y miles de gotas saladas. A las que llamamos lágrimas. Esas lágrimas, ¿por qué aparecen? Claro, transmiten un sentimiento. Pero no lo creo. Te avergüenza, para mí.
         No había razón por la que yo, vaya a vivir con mi papá todas las vacaciones de verano. ¿Por qué? Él nos había abandonado. Ni respuestas nos dio.
         Lo peor es que tuvimos que mentirle a Margarita, ya que, con tan poca edad, perder a su padre sin razones, era horripilante.
         Cada vez que yo le preguntaba por qué el ausentamiento de Marley se había notado ocho años, sólo, ella, no emitía palabras. Pero luego de un rato, con una mueca encantadora me preguntaba: “¿Y la escuela?” “¿Cómo están tus amigas?” Yo, castigada, le respondía. Pero mis ojos la miraban paulatinamente. Ella notaba que estaba molesta y abandonaba la habitación.
         Por esa razón no quería ir a Miramar de vacaciones con mi padre. Sólo si Jordana pudiera explicarme la partida de mi papá, aceptaría.
         Por otro lado, era mejor conversarlo con él. A solas. Los dos juntos. Sin nadie más.
         Todavía no me decidía.
         El cielo comenzó a nublarse. El sol ya se había camuflado y no daba sus   tremendos rayos de luz. Una niebla estropeó el día hermoso que se había notado horas antes. Y una llovizna completó el paisaje lluvioso.  
         Bajé el volumen.
         Me senté en la silla que miraba hacia la ventana.
         Contemplé cómo la poca lluvia, pero copiosa, castigaba los ventanales.
         Me quedé en mi habitación contemplando, cómo una nube oscura y vientos fuertes, inundaban el paisaje.
         A las diez pm, comenzamos a comer. La lluvia se hacía más intensa.
         Fue muy incómoda la cena. Entre tía Jordana y yo ni nos hablamos, sólo miradas se entrecruzaban.
-Chau. Me voy a dormir. Buenas noches-se despidió Margarita.
-Creo que tenemos que hablar- me dijo Jor al ver que mi hermana ya se había retirado de la sala.
Swag Marie Pickles
... : 

viernes, 16 de noviembre de 2012


STOP BULLYING:
En aquel momento era mejor despedirme de ellos y crear mi vida con nuevas amigas. Lo que había sucedido era lo peor. Y aunque NO tenga la culpa, debía resistirme. Lo hacían todo el tiempo, y estaba mal, lo sé, pero llegó un punto en que mi cabeza estalló. No somos iguales, pero ellos eran mis mejor amigos.
Estaba en el baño de la escuela, llorando lágrima por lágrima dejando sólo los malos recuerdos y dando una bienvenida a los buenos. Ni siquiera estaban ahí mis amigas, con un abrazo. No había nadie. Me miré al espejo. Una señorita de pelo castaño claro y ojos verdes vidriosos, daba lástima de verdad. Tenía un nudo en la garganta. Mis cuerdas vocales no emitían sonido alguno.
Recordaba la situación. Respiré hondo. Una lágrima traviesa atravesó mi mejilla y se acumuló en mi boca roja. Su gusto era salado pura.
Se escucharon unos pasos. Me escondí en unos de los baños con puertas.
-¡Ay Delfi! Sos mala- dijo Bárbara, mi mejor amiga, perdón ex mejor amiga.
-Bueno, digo la verdad, si Paz usa esa ropa fea no es mi culpa, aparte ¿no viste sus dientes? ¡Están todos torcidos!- le contestó otras de mis ex amigas
- Es horrible
No lo podía creer. ¡Mis amigas criticándome! ¿Desde cuándo lo hacían? ¿Y si lo hacían todos los días? Aunque yo lo sabía, me daba lástima que una amistad tan linda (para mí, seguro que para ella no) se desperdiciaba.
Mi estómago no aguantó. Mis ojos no aguantaron. La boca no resistió, y llantos corrieron por mi ser. No solo fue interiormente, si no, exteriormente.
-¿Quién anda ahí?
Abrí la puerta, y allí estaban, Delfina y Bárbara con caras de “¿Por qué estas acá?”
Lo único que hice fue agarrar mi mochila (que en ese momento se encontraba en el piso) y correr hacia donde fuera. No me importaba hacia donde, si no, irme.
En el camino todos me preguntaban que me pasaba. Para mí, esas voces eran como gotas de lluvia, se notaban pero no importaban.
¿Por qué tenían mala influencia cuando yo me enfurecía? ¿Qué esperaban de mí?           
Fui lo más rápido a mi casa. Mi mamá, cocinando para el almuerzo, me miró y me preguntó por qué había llegado temprano. Esas voces cayeron al vacío, ya que subí corriendo a mi habitación.
 Puse la música de Selena Gómez. Me acosté en la cama. Mil lágrimas comenzaron a caer. Agarré fuerte el oso de peluche, que mi mamá me había regalado, y largué todas mis pesadillas en él.
Los golpes que provenían de la puerta, eran de mi madre. Yo los ignoraba.
El teléfono sonó. Mi única solución fue atender. Eran ellos. Mis ex amigos. Molestándome. “¿Qué te pasó que te fuiste corriendo de la escuela? Jajajajaja. ¡¡EXTRAÑA A SU MAMITA!! ”
Otra vez largué a llorar. Corté. Me puse de pie, me acomodé el chaleco y me miré al espejo. “YO PUEDO” pensé.
***     
Lo he superado. Me cambié de barrio. Mi vida es feliz. Tengo amigas y todo. Y he escuchado que todos los que me insultaban terminaron en la cárcel, drogándose y sin saber su rumbo de vida. Fue mejor; prefería haber sufrido eso, antes que terminar así. No entiendo por qué lo hacen. Pero bueno, así es la vida.
Lo que me acuerdo y siempre voy a tener en cuenta es que, te debes mantener fuerte, cueste lo que cueste. Duele. Pero lo debes hacer. He sufrido bullying (como ahora es conocido), lo sé, y no es nada bueno enfrentarlo, pero con un “mantente fuerte” todo se soluciona. Ahora trabajo en ACEB (Asociación Contra El Bullying). Lucho por los chicos/as que sufren. Esa gente, que tanto le gusta insultar… ¿por qué no se mira a sí mismo, y deja de molestar al otro/a? Como dice la frase, Sé tú mismo, que no importa lo que digan los demás.
STOP BULLYING
Swag Marie Pickles

jueves, 15 de noviembre de 2012

...:
Parte 4 Capítulo 1... (:


Sé que te debes fijar en ti mismo, pero yo nunca lo hacía. Es feo no hacer eso. Porque luego me di cuenta, por un momento en mi vida fue así. También en lo denominado “KARMA” das algo malo, te devuelve algo malo; das algo bueno, te lo cura regalándote algo bueno. Pensé en una pérdida familiar, lo cual hizo que unas lágrimas castigaran a mis mejillas.
-Schaefer, ¿por qué llora?- me preguntó esa profesora.
-Porque… Ayer a la noche…
-Ayer a la noche que…
            Todos mis amigos y compañeros tenían fija la mirada en mí. No quiero hacerme la creída ni nada, solamente digo lo que veo y pienso.
-Ayer, un familiar mío… calló enfermo. Pero una enfermedad, complicada de curar. Y fue…
            Suerte. Eso se llama. Suerte porque no sabía qué enfermedad decirle. Ya que en el año dos mil doce, hay todas las curas, todas no, pero de las enfermedades más comunes, sí.
         Sonó el timbre. Todo resonaba en el patio interior. El patio exterior, casi nadie lo usaba. No lo entiendo, era incomprensible de explicar. De saber... ¿Si el día estaba maravilloso, por qué no salían? No entendía.
Me dirigía al baño. Quería refrescarme. Mojarme la cara con agua helada.
Pero algo, alguien, me interrumpió:
-¿Schaefer? - me preguntó La Fabre
-Sí... ¿Qué pasa? ¿Hice algo mal?- pregunté, pensando en que se había dado cuenta que le había mentido. - Se lo puedo explicar...
Después de decir esto, me di cuenta. Aprendí una lección. Que cuando mientes, que eso no se deba hacer, hay que dejar que los demás empiezan hablar. “Ya se van a dar cuenta.” Pensé.
-No. Dejame hablar a mí.
La repugnancia recorría mi ser. Fue algo inexplicable. Nunca, pero nunca, voy a volver a decir una mentira tan grande. Había jugado con los sentimientos de mi profesora y de mi familia. Incluso me lastimé a mí misma. Fue una culpa. Pero gracias a eso, ahora, lo he aprendido.
-Mejor hable usted- retiró lo dicho la profesora.
-Es que… Lamento que yo haya interrumpido la clase…
-No pasa nada. Soles hacerlo…
         La miré. Revoleé los ojos para arriba. Claro yo lo hacía siempre. Su clases era aburrida y como yo hablaba hasta por los codos, mis amigos me hacían perder la clase.
         Me vio. Se dio cuenta de lo que pasaba. Por eso me dijo:
-No quería decirte eso…
-Entonces… ¿para qué?
-Porque quería avisarle que cualquier cosa que le pasa a tu familiar, estamos toda la escuela y amigos. ¿Sí?- dijo y agarró rápido pero dulce, mi cara en señal de amor.
-Oh. Gracias. No hace falta…- le tuve que responder.
         Sonrió. Dio media vuelta y ya se escuchaba el ruido de los tacones chocando con el suelo.
                                 SWAG MARIE PICKLE                              .....