Sonó el despertador. Ir trabajar no me convencía. Estiré los brazos hacia afuera de los acolchados y noté que la temperatura era demasiada baja. Rápidamente volví a mi posición anterior. Brazos y pies dentro de sábanas y frazadas. Mi cuerpo formaba una “bolita” que alcanzaba a calentarme.
Hoy era un gran día; después de trabajar (último día de trabajo, viernes) iría a la casa de mi tía, en Bariloche, Río Negro. Me tomaría un avión porque mi tía dice que quiere que llegue rápido. La verdad es que nunca tuve respuestas para ese misterio. Desde que me vine a vivir acá, a Funes, Santa Fe, siempre me dice lo mismo y cuando llego, nada, todo normal. Por ahí pienso que ella ya está bastante grande y sola. Recuerdo cuando Pocho, mi tío, murió. Tarde de lluvia, nubes espesas grises inundaban mi triste paisaje del cementerio. Todos lloraban. Algunos por sentimientos verdaderos u otros por intereses económicos.
Volviendo al tema, no sé por qué hace eso, a lo mejor se siente insegura y cuando llegó lo contrario, segura.
Aunque mi ventana estaba cubierta por las cortinas, notaba que el cielo se describía oscuro. Tomé fuerzas. Como era el último día de la semana, mi ser estaba por debajo de lo normal. No veía hora de que llegara el mediodía. Esto me hizo acordar a la secundaria. Que lindos recuerdos. Y mi mente se nubló de ellos. Risas, llantos, fiestas, cantos y sonrisas. Todo eso y más era mi adolescencia. Pero debía madurar, graduarme, trabajar y tener mi propia casa. Y lo logré, pero sentía que algo me faltaba. Algo en mi alma estaba vacío y no sabía qué.
Al fin logré levantarme. Me coloqué mis pantuflas y caminé hacia el baño. De un giro de manijas, el agua ya estaba corriendo por la ducha. Nunca me daba un baño a la mañana, pero ese día lo necesitaba, pues, iba a ser un día muy largo y entretenido.
El agua. Tan mágico y agradable que miles de personas derrochan... ¡qué pena! Siempre me salvaba de mis locuras.
Cerré el agua.
Minutos después, ya estaba en la cocina preparando el desayuno; el agua para el café estaba hirviendo, pero no le hacía caso porque estaba muy concentrada cocinando las tostadas.
Más tarde, ya estaba disfrutando del pequeño desayuno. Las siete marcaba el reloj. Tenía 15 minutos para comer y después ir a trabajar.
Comencé a oir el dulce sonido de los pájaros, eso me hizo entrar en mi vida. Siempre me alegraban los días. Nunca podré contestar si alguien me pregunta “¿Por qué el sonida de las aves te calma?” Pues, no lo sé.
Siete y cuarto.
Agarré las llaves y salí a la calle. Debía caminar tres cuadras hasta la parada del colectivo.
Soy una chica que cuando camina por las calles, observa todo con detenimiento: Los chicos con cara de dormidos yendo a la escuela, gente como yo que sale a trabajar, y la melodía de los pájaros nuevamente.
Como vivo en Funes, no se escucha mucho ruido de autos y eso me permite oír y sentir la naturaleza.
Llegué a la parada del colectivo. La línea 133 N, Las Rosas o Monticas, eran opciones para ir a mi trabajo en Rosario ¿De qué trabajo? Pues de secretaria en el Banco Municipal. En realidad yo había estudiado de chef. Pero hice un curso de secretaria, y bueno, ahora trabajo de secretaria.
El colectivo abrió las puertas de un chiflido y subí.
-¡Hola Ana!- me saludó el chofer que ya me conocía.
-Hola... ¿Cómo va todo?- le pregunté al mismo mientras marcaba la tarjeta.
-Bien, bien. Recién me avisaron que a partir de las doce del mediodía hay paro de colectivos... Asique, vas a tener que salir antes de tu trabajo...
-Uh...- apreté con fuerza los labios y mi cabeza se movía de izquierda a derecha- Hoy me voy a Bariloche, a lo de mi tía. Si no, me tomo un remise o un taxi.-sonreí.
El chofer me devolvió la mueca. “¿Y si no podría ir a Bariloche?” Esa pregunta me llevó tiempo responderla, ya que recién cuando saludé al chofer porque me bajaba del colectivo, pensé. “¿Y si me tomo un taxi?No va a ser fácil...” Miré el cielo y este se tornó de nubes espesas color gris. “Es evidente que va a llover”.
A penas entré a mi trabajo, notaba que todos me observaban con desprecio. “Qué hice? ¿Qué tengo de malo?” pensé.
Antonella, que me miraba con preocupación, hizo señas para que vaya para hablar con ella.
-¡Hey!- me miró sorprendida- ¿Qué haces acá?
Me quedé seria, contemplando su cara y la de los demás. No comprendía.
-Todos me miran con cara extraña, incluso vos...-le dije- ¿Qué está pasando?
-¿No sabés?- Antonella hizo una expresión de “uuf”.
Revoleé los ojos.
-¿Mariano no te despidió?
“¡¿Qué?! ¿Él? ¡Nunca me haría algo así! Aparte, no hice nada malo. Mi jefe, el me trataba bien, con el que compartimos momentos lindos... ¿y me hace esto?” pensé muy enojada.
-¿Quién te lo dijo?
-Es un rumor... Vos sabés cómo se tratan esas cosas acá. Van y vienen...
-... Capaz que es solo una mentira- agregué un silencio mirando a Antonella desconcertada- Me arruinó el día..
-¿Por qué? ¿Qué ibas a hacer?
-Después del trabajo me voy a Bariloche, a lo de mi tía- respondí sentándome en mi escritorio.
La “sección de secretaría” se divide en tres partes (según mis amigos y yo): la primera son los que trabajan de verdad. No paran ni para comer. Los denominamos “aficionados”.
La segunda, la que integro yo, somos los que trabajan pero a la vez nos divertimos. Comemos con tranquilidad, descansamos y todo lo contrario al grupo nombrado anteriormente. Somos los “normales”.
Y la tercera son los “principiantes”. Hace una semana que entraron a trabajar y ya piensan que van a ser ascendidos. Les copian a los aficionados, pero les sale todo al revés.
Ocho y media de la mañana.
Gente desesperada por conseguir dinero, préstamos y demás cosas. “¿Por qué la sociedad se transformó en desesperación, en conseguir todo primero que todos? ¿Por qué la gente es acelerada, si vivir pacíficamente no daña? ¿Por qué la sociedad es egoísta y sólo pensar en su bien? ¿Por qué?” mi mente nunca para.
Sonó el teléfono.
-Hola. Buenos días. Habla con el Banco Municipal ¿Qué necesita?
-Soy Mariano...
-¿Por qué me hablás por acá?- dije confundida.
-Hay alguien que no quiero que sepa esto.
Miré para todos lados. Quería averiguar dónde estaba mi jefe. Pasaron segundos hasta que lo encontré. En su oficina, mirándome fijamente.
-Bueno, ya me viste...
Antonella, que estaba al tanto de lo que sucedía, me señaló que hago todo lo que él desee.
-Sí, ¿qué sucede?
-Quiero que vengas a mi oficina. Sola. Y que nadie te vea...
Cortó.
