Todo empezó hace 3 años. Era una tarde de verano, en vacaciones, y me disponía a ir a casa de mis amigos a buscarles para jugar en el prado, como hacíamos cada día. Toqué el timbre de la pequeña casa y María, mi amiga, abrió la puerta.
-¡Han venido nuestros primos! –me dijo contenta.
Entonces apareció él. Lo primero que pensé fue: “No es tan guapo como lo recordaba.” Tenía a su primito, el hermano de María, colgado de las piernas, e intentaba avanzar hacia la puerta.
-Hola –le saludé sonriéndole tímidamente.
-Hola –me contestó, también con una tímida sonrisa.
Fue en ese momento cuando lo vi. Su sonrisa…. Sus pequeños ojos color avellana, su pelo rubio cenizo… Mi manera de verle cambió por completo. Me enamoré. No logro recordar mucho aquel día, pero de lo que sí me acuerdo bien fue que, después de que me devolviera el saludo, fue como si el tiempo se parara; nos quedamos mirándonos fijamente, y noté un brillo sincero en sus ojos… ¿Y si a él le había pasado lo mismo? Pero… ¿y si solo era una de mis ilusiones?
Después de ese día todo cambió. Él se fue a su ciudad, yo a la mía, a cientos de kilómetros de distancia. No he podido dejar de pensar en él desde esa tarde de verano de 2010, y tengo la esperanza de que él tampoco haya dejado de pensar en mí. Tal vez no se acuerde pues tan solo éramos niños, y probablemente él haya cambiado, o puede que la que haya cambiado haya sido yo, pero continuaré esperando, hasta que volvamos a coincidir en el pueblo, y espero que ese día llegue pronto.
“Nunca dejes de sonreír, pues puede que algún día alguien se enamore de tu sonrisa.”
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